Lucía
Lucía
Por: J. Davalillo
—Más alto papá, más alto— gritaba a su padre entre risas la pequeña Lucía, instándole a empujar con más fuerza el columpio que montaba. Jorge, su padre, la ayudaba a elevarse un poco más en cada retorno del péndulo, pero sin esforzarse demasiado.
A sus cinco años de edad, ella amaba los parques. Disfrutaba de los sube y baja, toboganes, ruletas, trampolines. Pero su atracción favorita era, sin duda, el columpio. Esa sensación del aire que despeinaba su cabello al tiempo que se despegaba del suelo en una especie de vuelo, le hacía sentirse tan libre, que no había otra actividad que le trajera la satisfacción que le daban sus amados columpios.
Cada fin de semana, sus padres la llevaban al parque. Papá de pie detrás de ella, impulsaba su vuelo. —Estira las piernas con fuerza y empuja para avanzar hija y flexiona tus rodillas en el regreso— le decía él mientras ella iba aprendiendo a columpiarse sola.
A medida que pasaba el tiempo, la niña crecía en tamaño y experiencia. De modo que acabó por prescindir de la ayuda de Jorge, quien ahora se sentaba en una de las banquetas a contemplarla.
En uno de tantos paseos al parque, un domingo soleado de primavera, Lucía volvió a subir al columpio, como era su costumbre. Jorge sentado en un banco próximo, la veía balancearse ganando más altura en cada oscilación. —Mira papá, estoy muy alto— dijo la niña buscándolo con la mirada. Pero en un giro de su cabeza, su mano derecha soltó la cadena, perdió el equilibrio y cayó estrepitosamente sobre el suelo del parque cubierto con gravilla. La gravedad hizo su trabajo y el columpio regresó golpeándola en la boca.
Aún estaba aturdida y antes de poder asimilar lo ocurrido, ya Jorge se hallaba a su lado protegiéndola de un segundo ataque del asiento metálico, poniendo con su cuerpo una barrera frente a su hija. La boca de Lucía sangraba copiosamente. Pero su brazo derecho era un problema más serio. Estaba muy hinchado, había tomado un color verde al nivel del antebrazo como suele ocurrir con las contusiones severas. —¿Puedes mover tus dedos?— preguntó Jorge. Lucía, hecha un mar de llanto intentó cerrar su mano, pero no tenía caso. No pudo hacerlo.
Sin pérdida de tiempo, Jorge la subió al automóvil y la llevó al hospital más cercano para ser atendida. Las radiografías mostraban una fractura del radio. El doctor indicó que su brazo debía permanecer inmovilizado durante tres semanas, así que ese día la pequeña volvió a casa con un yeso en su brazo derecho.
Sin embargo, además de una fractura, hubo otro daño mayor. Durante su regreso, desde el automóvil Lucía pudo ver un parque a unos cuantos metros, pero al fijar la vista en el columpio, un escalofrío le recorrió la espina. Sintió miedo. Ya no volvería a subir a un columpio otra vez.
Pasaron varias semanas. Las tres en las que el brazo debía permanecer inmovilizado y otro par mientras recuperaba su movimiento natural. Finalmente, los padres de Lucía decidieron llevarla de nuevo al parque. Ella corrió a jugar, pero al llegar junto al armazón de los columpios, quedó paralizada. Dio unos pocos pasos hacia atrás, giró en otra dirección y se fue a jugar a los toboganes. No salió de allí hasta que decidieron irse.
—Hija, ¿por qué no subiste al columpio?—preguntó Jorge mirándola a través del retrovisor.
Ella se encogió de hombros y se limitó a negar con la cabeza frunciendo el entrecejo.
Jorge, con tristeza, comprendía exactamente lo que pasaba.
La semana siguiente la llevó al parque, pero en esta oportunidad la madre de Lucía se quedó en casa. Una vez en el lugar, él se sentó en el columpio. Ella lo miró extrañada. No había visto a su padre hacer eso antes. Jorge la invitó a sentarse a su lado, pero ella dudó.
—Tienes miedo. ¿No es verdad?— preguntó el papá.
Lucía bajó la mirada.
—¿Tienes miedo hija? ¿Es eso?
Esta vez ella asintió aún con la vista fija en el suelo.
—Siéntate hija. No te columpies si no quieres, pero siéntate sobre el columpio. Conversemos.
Ella se sentó y sujetó las cadenas. Sentía al mismo tiempo miedo, nostalgia y vergüenza.
Entonces dijo Jorge —Hija, tienes que aprender dos cosas y no debes olvidarlas nunca. En primer lugar, está bien tener miedo. Pero no está bien que el miedo te paralice. Y en segundo lugar, está permitido caer de vez en cuando. Pero no está permitido permanecer caído. ¿Me entiendes?
Ella miró fijamente a su papá durante algunos segundos y luego sonrió. Acto seguido, sus pies tocaron el piso para poner el columpio en movimiento y se balanceó suavemente. —Gracias papá. Te amo.
Esta conversación vino a constituir una parte importante de su código de conducta. Lucía creció y se convirtió en una profesional exitosa y muy influyente. Entendía y enseñaba a cuantos podía, que la vida se asemeja a jugar en un columpio. Va y viene, a veces hay caídas, pero hay que aferrarse con fuerza al viaje. Porque tanto la vida, como el columpio, sólo tienen sentido si se lucha por volar alto y ser libre.
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